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Figuras Centrales

El Báb

El Báb (1819 -1850), nombre cuyo significado es «la Puerta», nació en Shíráz, Persia (hoy Irán), el 20 de octubre de 1819. Pertenecía a una familia renombrada por su nobleza y era descendiente de Muhammad. El Báb ha sido comparado con Juan el Bautista, el precursor que preparó el camino para Cristo. En forma análoga, el Báb fue el precursor que preparó el camino para la venida del Prometido de todas las religiones, cuyo objetivo sería la unión y hermandad entre las religiones, razas y naciones del mundo encaminadas a traer una nueva era para la humanidad.

El 23 de mayo de 1844, a los veinticinco años de edad, el Báb hizo su declaración asombrosa de que era un Enviado de Dios que traía una Revelación Divina para la renovación espiritual, y anunció la próxima venida del Mensajero prometido y profetizado en las sagradas escrituras de todas las religiones, cuya misión sería dar enseñanzas para la unificación y espiritualización de la raza humana. Declaró que él mismo era el anunciado «Qá'im» que, según las profecías, precedería al prometido «retorno de Cristo». Aquel a quien el Báb precedería había sido designado también en las diferentes religiones como el Quinto Buda, el Sháh Bahrám, el Señor de las Huestes, el Espíritu de Dios, la inmaculada manifestación de Krishna y otros títulos simbólicos. Además, el Báb anunció que era el Heraldo de una nueva época y que desde la fecha de su declaración se inauguraba, por la voluntad y poder de Dios, un grandioso ciclo universal para la humanidad.

El poder transformador de la elocuencia del Báb, la influencia vivificadora de sus cualidades santas, la calidad purificadora de sus escritos inspirados, su extraordinaria sabiduría y conocimientos, su habilidad de encender una nueva vida espiritual en las almas, pronto le ganaron miles de adeptos.

En un esfuerzo por aplastar la influencia del Báb, el clero musulmán conspiró en su contra y lo denunciaron falsamente; se inició una persecución salvaje por parte del clero musulmán dominante. El Báb fue arrestado, apaleado, encarcelado y finalmente, el 9 de julio de 1850, fue ejecutado en la plaza pública de la ciudad de Tabriz. Alrededor de 20,000 de sus seguidores fueron torturados y martirizados por toda Persia.

El majestuoso edificio de cúpula dorada y rodeado de bellos jardines que domina la bahía de Haifa es hoy el Santuario donde están enterrados los restos mortales del Báb.

 

Bahá'u'lláh

Bahá'u'lláh (1817 -1892) fue el Mensajero de Dios que fundó la Fe Bahá'í. Su objetivo fue la unificación y la hermandad de todas las religiones, razas y naciones del mundo, y la espiritualización del carácter humano. Bahá'u'lláh fue el Prometido para quien el Báb preparó el camino. Cumplio las profecías de todos los Mensajeros Divinos anteriores que anunciaron la venida del Mesías o Manifestación de Dios específica para una nueva era mundial.

Bahá'u'lláh (cuyo nombre significa «Gloria de Dios» o «Luz de Dios») nació en Tihrán (Tehrán), la capital de Persia (o Irán), el 12 de noviembre de 1817 dos años antes que su Precursor, el Báb en el seno de una distinguida familia de noble linaje, una de las más antiguas y renombradas de Persia. Su padre era ministro real y poseía grandes riquezas.

En 1844, año del comienzo de la Era Bahá'í, el precursor de Bahá'u'lláh, el Báb, empezó a preparar el camino anunciando que la Manifestación de Dios prometida por los Mensajeros Divinos de todas las religiones pronto se daría a conocer. Bahá'u'lláh estuvo entre los que se adhirieron a esta nueva Causa y sufrieron enormemente por ella casi desde sus comienzos, antes de revelar su propia identidad de Prometido.

Desechando toda idea de interés personal, sin importarle su riqueza ni su posición social, integró las filas del Báb y se levantó con entusiasmo y energía inagotables para difundir las nuevas enseñanzas. Tenía entonces veintisiete años.

Los enemigos vigilantes y siempre envidiosos de Bahá'u'lláh se dieron cuenta de la influencia que su sola presencia ejercía sobre todos los que llegaban a él, y de la profunda conmoción que estaba causando en su país. Por eso empezaron a conspirar en su contra. Sufrió una larga serie de severas persecuciones y torturas.

En 1853, Bahá'u'lláh y otros creyentes fueron condenados al encarcelamiento en una mazmorra de Tihrán. Para llegar hasta allí, lo obligaron a caminar desde el pueblo donde fue tomado prisionero hasta la capital, descalzo, encadenado y expuesto a los candentes rayos del sol de verano. En el camino se presentaban multitudes fanáticas que lo ridiculizaban, insultaban, apedreaban, rompiendo sus vestiduras durante todo el trayecto hasta llegar, con los pies sangrantes, al «Pozo Negro», tres pisos bajo tierra. Esta mazmorra estrecha, antigua cisterna abandonada, se encontraba llena de criminales de la peor clase y estaba envuelta en densa oscuridad y una atmósfera húmeda y fría. Carecía de ventilación y estaba saturada de olores nauseabundos. Pusieron sus pies en cepos; colocaron en su cuello cadenas tan pesadas que le dejaron huellas para el resto de su vida.

Bahá'u'lláh cuenta que ocurrió en medio de su agonía y opresión. "Cierta noche, en un sueño, se escucharon por doquier estas exaltadas palabras: «Verdaderamente, Nosotros Te haremos victorioso por Ti mismo y por Tu pluma. No Te aflijas por lo que Te ha acontecido, ni temas porque Tú estas a salvo. Dentro de poco, Dios hará surgir los tesoros de la tierra: hombres que te ayudarán por Ti mismo y por Tu nombre, para lo cual Dios ha hecho revivir los corazones de aquellos que Le han reconocido.» Esta fue la primera indicación que recibió sobre su misión divina en la tierra.

Fue en esa oscura mazmorra donde el «Más Grande Espíritu» descendió sobre Bahá'u'lláh. Allí recibió la plena potencia de Su iluminación, y el poder de la Revelación Divina inundó su alma con las enseñanzas de una "Fe que es, a la vez, esencia, promesa, reconciliador y unificador de todas las religiones" y "cuyo objetivo es la salvación de todo el planeta por medio de su unificación".

La revelación que Bahá'u'lláh recibió, lo abrumó. "Él describe, sucinta y gráficamente, el impacto de la fuerza arrolladora de la Llamada Divina sobre todo Su Ser (...): «...sentí como si algo fluyera desde el ápice de mi cabeza sobre mi pecho, como si fuese un poderoso torrente que se precipitaba sobre la tierra desde la cumbre de una alta montaña»".

Después de haber estado en la mazmorra durante cuatro meses, Bahá'u'lláh fue exiliado a Bagdad (Irak) con su familia y algunos seguidores. Fueron obligados a cruzar en el más crudo invierno de las montañas de Persia, cubiertas de hielo y nieve. Carecían de ropa adecuada para protegerse del frío. Contaban con muy poca comida. Bahá'u'lláh había quedado reducido a una pobreza extrema por la confiscación de sus propiedades y pertenencias, y todavía se encontraba enfermo por los sufrimientos que había soportado en la mazmorra. Este torturante viaje duró tres meses.

Bahá'u'lláh vivió diez años en Bagdad, dos los pasó retirado en las montañas del Kurdistán. Durante esta década su fama e influencia personal alcanzaron el clímax. Su modesto hogar, hecho de adobe y paja, se convirtió en el lugar de constantes reuniones de investigadores espirituales que llegaban de diferentes lugares en número creciente.

Bahá'u'lláh recibia a todos con gentil cortesía y amor. Nobles y campesinos, sacerdotes y laicos, árabes, persas, turcos y kurdos, cristianos, judios y musulmanes, muchos ya "habían percibido las señales de su gloria oculta". Desde el príncipe más orgulloso hasta el mendigo más indigente "cruzaron su umbral y se sentaron a sus pies" y "cada cual", según su capacidad, absorbía una porción de su espíritu y sabiduría". Entre los más eruditos que llegaron a conocerlo, muchos presenciaron su "sagacidad y genio", y se sintieron "asombrados ante la profundidad de su discernimiento y la vastedad de su comprensión". El toque mágico de lo divino los llenaba de felicidad y exaltación. Con su percepción penetrante Bahá'u'lláh comprendia sus almas, conocía sus necesidades y satisfacía sus inquietudes espirituales. Su misma presencia elevaba los espíritus y les producía una paz interna, envolvente, una atmósfera sagrada de indescriptible regocijo y admiración.

En 1863, en un bello jardín de Bagdad, ante un reverente grupo de discípulos del Báb, Bahá'u'lláh hizo su histórica declaración de que Él era la Manifestación de Dios prometida y anunciada en los libros sagrados de todas las religiones y que en Él se cumplían las profecías. Esto significaba el retorno del mismo Espíritu Santo que se había manifestado de tiempo en tiempo en todos los grandes Educadores Divinos que lo habían precedido. Bahá'u'lláh era el retorno del Espíritu de Cristo esperado por los cristianos; el Señor de las Huestes esperado por los judíos; el Quinto Buda, el Buda de la hermandad universal, prometido a los budistas; el Sháh Bahrám, el gran Hacedor de Paz, esperado por los zoroastrianos; el Espíritu de Dios, el Gran Anuncio a los musulmanes; el retorno o la Inmaculada Manifestación de Krishna para los hindúes.

Por "retorno" las profecías no se refieren al "regreso" del mismo cuerpo físico ni a la reencarnación, sino a una nueva manifestación de la misma Divinidad. La misma Luz de Dios en otra lámpara. Todas estas profecías de las distintas religiones, aunque usan distintos nombres simbólicos para el nuevo e iluminado Mensajero de Dios, presentan tantas similitudes que se hace evidente la figura de un solo Profeta, uno y el mismo: Bahá'u'lláh.

Bahá'u'lláh explicó el Designio de Dios para la raza humana de este planeta, puso de manifiesto su maravilloso futuro, expuso el verdadero objetivo del hombre y el exaltado rango que puede alcanzar, y demostró el papel vital de su Fe universal en el destino de la humanidad y el propósito mismo de la vida. Esto constituye el sublime Plan Divino para el establecimiento del Reino de Dios en la tierra.

Bahá'u'lláh falleció en Bahjí, a poca distancia al norte de Acre y allí está enterrado. Sus enseñanzas ya habían comenzado a extenderse más allá de los confines del Oriente Medio y su Tumba es hoy el punto focal de la comunidad mundial que esas enseñanzas han originado.

 

'Abdu'l-Bahá

`Abdu'l-BaháDesde Su primera infancia, `Abbás Effendi (1844 -1921), hijo mayor de Bahá'u'lláh, compartió los sufrimientos y destierros de su padre. Tomó como título `Abdu'l-Bahá, el "siervo de Bahá." Bahá'u'lláh le nombró el único intérprete autorizado de las enseñanzas bahá'ís y la Cabeza de la Fe tras su propio fallecimiento. En `Abdu'l-Bahá se veía un ejemplo perfecto del modo de vida bahá'í.

Mientras `Abdu'l-Bahá era aún prisionero de los otomanos, llegaron los primeros peregrinos bahá'ís del mundo occidental a Acre en 1898. Tras su liberación en 1908, `Abdu'l-Bahá comenzó una serie de viajes que entre 1911 y 1913 le llevarían a Europa y América. Allí proclamó el mensaje de Bahá'u'lláh de unidad y justicia social a congregaciones eclesiásticas, sociedades pacifistas, miembros de sindicatos, facultades universitarias, periodistas, oficiales del gobierno y a todo tipo de público.

`Abdu'l-Bahá falleció en 1921, habiendo consolidado los cimientos de la Fe Bahá'í y expandido enormemente su alcance. Está enterrado en las habitaciones septentrionales del Santuario del Báb, siendo éstas un lugar de peregrinaje para los bahá'ís que visitan el Centro Mundial de su Fe.

 
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